Salimos
el día 14 de madrugada de la plaza del polideportivo. Fuimos
llegando poco a poco, uno detrás de otro hasta que al final; unos
más puntuales, otros menos, allí estábamos todos. Metimos las
maletas en el maletero del autobús y después montamos nosotros.
Después de unas tres o cuatro horas, al fin, llegamos a nuestro
destino. Desde la ventana del autobús podíamos ver todas las
pistas, blancas, llenas de nieve, con algún que otro esquiador ya en
marcha.
A
nuestra izquierda, estaba el hotel, de piedra, elegante, con balcones
y ventanales, suponemos que de cada habitación. Descargamos las
maletas y entramos; el vestíbulo de paredes amarillas, con sofás y
mesas para esperar, era lo primero que se veía al entrar, delante
una chica, en el mostrador, simpática, o al menos eso parecía.
Giramos a la derecha, a una inmensa sala que nos habían habilitado
para dejar nuestras bolsas, aunque solo fuera hasta la tarde. Nos
fuimos a buscar el material de esquí, y por la tarde, después de
esquiar todo el día, volvimos. Cogimos las maletas, de nuevo, nos
dieron las llaves, por orden y fuimos cada uno a nuestra habitación.
Subimos, algunos por el ascensor, y otros impacientes, por las
escaleras. Al llegar al piso correspondiente, nos adentramos en un
pasillo, mirando los números de las habitaciones, encontramos la
nuestra. Metimos la llave en la cerradura y la giramos, al entrar,
todo estaba muy ordenado, aunque poco duró, pues bien, a nuestra
derecha había una cocina, no era gran cosa, pero suficiente para
pasar tres días, nosotros, los adolescentes, solemos ser muy
curiosos, así que empezamos a abrir todos los armarios de la cocina,
había platos, vasos y varios utensilios de cocina, el comedor,
comunicado con la cocina estaba más adelante, un sofá no muy cómodo
con una pequeña mesita y una tele. Detrás del ventanal había un
balcón, con vistas a otros balcones, nada del otro mundo. A la
derecha encontramos el lavabo, era grande, bueno, en proporción al
resto de la habitación, un espejo que ocupaba toda la pared, la
ducha al final, amplia y demasiado limpia, y justo detrás de la
puerta, un retrete, blanco y precintado con una cinta. Justo en
frente de la puerta de entrada, otra puerta que daba a la habitación,
entramos, parecía que había una cama de matrimonio, pero no, eran
dos camas individuales juntas, y detrás de la puerta un armario con
espejo, muy cómodo.
Nos
dividieron en grupos, según el nivel, los que no habíamos esquiado
nunca, fuimos a un grupo, los que habían esquiado un par de veces,
en otro y los que ya esquiaban desde toda la vida, en otro. Algunos,
los que nunca habíamos esquiado, primero hicimos unos ejercicios
para mantener el equilibrio sobre los esquís o sobre la tabla de
snow y para controlarlos, pero más adelante fuimos bajando pistas,
cada día más y más rápidos, los otros grupos, como eso ya lo
sabían, fueron directamente a pistas, y poco a poco fueron a las
pistas más altas y difíciles.
El
primer días sobre todo para los que hacían Snow fue muy duro: con
muchas caídas, dolores musculares, dolor en el culo, en las muñecas
de aguantar golpes, etc.…
Por
las noches después de cenar, teníamos rato libre para bajar a una
sala de juegos que había justo delante del hotel que tenía:
billares, futbolines, simuladores de coches y una bolera, o también
podíamos subir a las habitaciones.
Para
organizar los tres días de esquiada previamente teníamos que haber
elegido si queríamos hacer Snow o esquí y especificar el nivel que
teníamos, es decir, si hacíamos ese deporte desde siempre, alguna
vez o nunca.
El
último día después de haber estado entrenando los tres días,
hicimos una gran bajada en grupo, con todos los alumnos y profesores
que había asistido a la salida y lo grabamos todo.
Para
mí han sido las mejores colonias que había hecho nunca, han sido
muy divertidas y por si fuera poco en tres días aprendimos a hacer
Snow cosa que algunos veíamos imposible. Todos nos lo pasamos muy
bien, algunos más que otros, está claro, ya que algunos acabaron
algo lesionados, pero sin duda fue una experiencia inolvidable.
Didac Amancy, Laura
de Tovar, Carla Rifé y Robert Ocón, Adrià Gálvez

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